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e Jesús de Valladolid (Jesuitas), era la Solemnidad de la Santísima Trinidad, en el año jubilar del 2000, tenía 30 años, eran las manos de un obispo, Don José Delicado Baeza, estaba mi familia, faltaba mi madre, eran unos compañeros, jesuitas, era una comunidad, la Iglesia, era enviado, al mundo.
Recuerdo el
día de mi ordenación con mucha alegría y cariño. Cada día doy gracias al Señor
por ver cumplida mí vocación, la llamada que el Señor me hizo desde niño, por
la que yo tanto recé con el fin de aclarar. Es una llamada que cuesta
asimilar, es para toda la vida, no busca seguridades sino respuestas, entrega.
Parece que
fue ayer y sin embargo ya han pasado diciocho años, cuatro de ellos los viví
siendo presbítero en la Compañía de Jesús y el resto en la
diócesis de Valladolid, concretamente trece en los pueblos de Cigales, Corcos
del Valle y Aguilarejo. Ahora casi un año con vosotros, en Íscar. Intentando
siempre estar en compañía de Jesús; de aquí siempre manado toda la fuerza que
yo pueda tener para la evangelización, no soy yo, eres Tú, Señor.
Cuando echo
la vista atrás y hago una barrida hasta el día de hoy, solo me sale dar gracias
a Dios porque siempre Él ha estado presente en mi vida, en los días tanto de
mayor claridad como en los de menos. Le doy gracias por la cantidad de personas
que Él va poniendo en mi camino. Doy gracias por mi familia, por mi padre, del
que ahora todos estamos más pendientes. Doy gracias por mis hermanos, cuñados y
sobrinos. Precisamente en el seno de una familia cristiana nació surgió mi
vocación.
Ser sacerdote es lo más grande que me ha podido pasar. Es la gran
dicha para mí, mi felicidad. El Señor ha estado grande conmigo y por ello yo
también estoy alegre. El sacramento del orden me fue conferido por medio de las
manos de un obispo muy querido por mí, Don José, con el que aun en la distancia
siempre me sentí y me siento muy unido. Pues siempre
lo sentí cercano, de hondas palabras y de cercanía de padre. Hoy rezó por él y
pido su intercesión que pueda cumplir aquellas palabras que me llegaron tan
dentro cuando él las pronunció al entregarme el cáliz y la patena: “Recibe la ofrenda del pueblo santo para presentarla a
Dios. Considera lo que realizas e imita lo que conmemoras y conforma tu vida
con el misterio de la cruz del Señor”.
Reconozco
que el sacramento no me pertenece, que es para vosotros, para vivirlo en medio vuestro,
de la Iglesia y del mundo. Vivir sacerdotalmente es vivir como Jesús,
totalmente entregado, incluso hasta entregar la vida si fuera preciso. Presidir
la Eucaristía y celebrarla con los hermanos es impresionante. Ser sacerdote no
es una tarea, es una misión; la realización que procede de una llamada,
vocación. Levantar la hostia y el cáliz en cada Misa impone respeto, pero
no soy yo sino Él; porque el sacerdote, alter Christus, es
mediación entre Dios y los hombres.
Pedid al
Señor por mí para que sea un buen pastor, un pastor conforme al corazón de
Dios. Que otros al mirarme puedan reconocer la Gracia de Dios impregnada
en mis manos el día de mi ordenación, que por el testimonio de mi vida pueda
atraer a otros a la mesa del Señor, a su corazón. Que cada día opte más por el
Señor, que me deje configurar más por Él, en definitiva, que cada vez sea menos
yo y más Él. Que los consejos evangélicos, como son la castidad, la pobreza y
la obediencia (humildad) sean cada día el mejor estímulo para estar cerca de
Dios y disponible para con los hombres.
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