HA MERECIDO LA PENA
Sí, verdaderamente ha merecido la pena. ¡Aleluya!
Ha merecido la pena todo este tiempo de preparación para
llegar hasta aquí, para vivir esta hora.
Han
sido más de cuarenta días de purificación que comenzaron el Miércoles de
Ceniza. Entonces escuchamos palabras que quedaron grabadas con ceniza en la
frente y fuego en el corazón: conviértete y cree en el Evangelio (cf. Mc 1, 15).
Palabras provocadoras, que fueron dichas como encomienda, como compromiso, al inicio
de un recorrido que ha merecido la pena vivirlo y llegar hasta aquí. Y si todo esto
ha sido posible no ha sido gracias a un esfuerzo puntual y voluntarista, sino
que ha sido porque siempre ha estado la mano Paterna, Materna, Fraterna, Amiga,
que nos ha ayudado a levantar cuando hemos caído.
Ahora,
visto desde esta hora, se reconoce el valor de la paciencia, del sacrificio, de
la fe, del volverlo a intentar, del no perder el norte, aunque no tuviéramos
claro el destino. Sobre todo, vivirlo en tiempos de continua sospecha, de
llamadas fraudulentas, de spam, de ofertas engañosas. La tradición cristiana,
el testimonio de todos los que nos han precedido en la fe, sobre todo de los
santos, nos avala para vivir con certeza el seguimiento de Jesucristo vivo y
Resucitado. Cristo y los de Cristo podemos ser garantía de Vida en este mundo
que vive mucho de la oscuridad y los efectos de esta, especialmente en los
conflictos, pues estos nos devuelven a la casilla de salida, a la quiebra, a la
involución.
Hemos
podido vivir un itinerario de vida y de fe, que, con esfuerzo y Gracia, nos
estimula a seguir creyendo que “no fueron los clavos los que sostuvieron a
Jesús en la cruz, sino que fue su inmenso amor por ti y por mi” (Jn 3, 16).
Sigamos alimentándonos de esta certeza esperanzadora, que también es la que
puede soportar nuestra vida en momentos de cruz.
Por
tanto, es la hora del tiempo del anuncio, del testimonio.
Papás
que viven y permiten que sus hijos vivan de esta experiencia personal y familiar,
eclesial, que empieza en el mismo hogar, ellos y ellas aportan estímulo y
sentido de pertenencia en la comunidad. Catequistas que en estas horas podéis
ver humanamente reconocidos todos los esfuerzos por ayudar a crecer la semilla
que se sembró en el bautismo de los catecúmenos y que, con vuestra dedicación y
entrega, con mucho amor, ayudáis a fermentar y crecer, poco a poco, pero sin
pausa. Comunidad cristiana que nos encontramos cada Domingo para celebrar el
Día del Señor, somos andamio donde poder soportarnos gracias a la piedra
angular que nos conforma en un único edificio que somos la Iglesia. Los niños,
los jóvenes, la joya también de la Iglesia. Con vuestra vitalidad nos
contagiáis fuerza, ojalá también nosotros os podamos contagiar la fe de
Jesucristo el Resucitado, el del compromiso con la comunidad y con nuestro
pueblo. Comunidad pequeña que nos vemos cada día en la Eucaristía, que hemos
vivido el tiempo de la cuaresma como pequeño rebaño, personas entregadas, que
escuchan y asienten en el predicamento de mensajes que iluminan la actualidad
que nos conforma y configura. Espectadores, que se acercan, pero no se
implican, no nos miren simplemente, únanse. Sociedad entera que muchas veces ni
sabe dónde va ni se lo pregunta: Jesucristo ha resucitado por nosotros también.
Felices
Pascuas de Resurrección: transmitamos paz y alegría en nuestros encuentros.





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